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ESE DISCRETO ENCANTO DE RENNES, FRANCIA
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A dos horas de París, una pequeña gran ciudad de palacios y parques, famosa por su deliciosa sidra.

Muchas ciudades tienen características propias del país al que pertenecen, que llevan a relacionarlas e identificarlas únicamente con ese lugar. París no podría estar en otro sitio más que en Francia; Barcelona sólo podría ser española; y Londres, inglesa. Pero otros destinos presentan elementos de universos bien diferentes, eclécticos, que dificultan su asociación a un país determinado. Este es el caso de Rennes, al fusionar cualidades diversas entre sí que hacen que el viajero, por unos minutos, pierda noción del lugar donde se encuentra. Capital de la región francesa de Bretaña, Rennes se localiza a sólo dos horas de tren de París, lo que la convierte en una opción muy interesante tanto para quien visita Francia por primera vez -y quiere alejarse lo menos posible de la Ciudad Luz- como para quien busca nuevos sitios para conocer. Rennes tiene el tamaño perfecto para recorrerse a pie, aunque es conveniente realizar paradas estratégicas para cargar energías. Los atractivos principales, a un ritmo muy veloz, pueden alcanzarse a ver en un día entero, pero lo recomendable es quedarse uno o dos más y disfrutar de aquellos pequeños detalles que transforman un lindo viaje en uno inolvidable. Rennes, con muy poco esfuerzo, se convierte en uno de ellos. Si el viajero decide trasladarse en algún medio de transporte, entonces tiene que optar por el subte, dado que se encuentra en una de las ciudades más pequeñas en el mundo que cuenta con metro. Su única línea tiene 15 estaciones y su peculiaridad, que justifica hacer un viaje en él, radica en su sistema automático, que prescinde de chofer. Para vivir emociones nuevas, entonces, lo mejor es ubicarse en el primer vagón y avanzar a gran velocidad a través del túnel.

Un recorrido por la ciudad

La ciudad se divide en dos áreas bien diferenciadas. Hacia el norte del río Vilaine se encuentra la vida cultural y nocturna, con restaurantes, bares y museos. Aquí es donde el viajero pasará la mayor parte de su tiempo, aunque también es agradable recorrer el sur para conocer la coqueta zona de barrios residenciales. Rennes, ecléctica, conjuga edificios de líneas medievales y renacentistas, casas pequeñísimas que bien podrían ser parte de algún cuento infantil de hadas, con inmensos parques llenos de flores, fuentes y esculturas. El actual centro histórico de la ciudad sufrió un importante incendio en 1720, cuando, se dice, un carpintero volcó una lámpara y Rennes ardió durante seis días. Por este motivo, buena parte de sus construcciones datan del siglo XVIII y se organizan alrededor de dos antiguas plazas reales: del Ayuntamiento y del Parlamento. Considerado uno de los edificios más bonitos de Francia, el Parlamento comenzó a construirse en 1618 y recién se finalizó medio siglo más tarde. En 1994 -continuando con lo que parece ser el karma de Rennes- un incendio provocó la pérdida de gran parte de su fachada, pero las obras de arte y los tapices del interior lograron salvarse. Luego de cinco años de trabajos se recuperó la cara externa del edifico y, a pesar de su estilo sobrio, hoy vale la pena detenerse para admirarla. Las típicas casitas de aquí son angostas y muy pintorescas. Tienen un entramado de vigas de madera a la vista, ventanas pequeñas, ático y chimenea. Es llamativa la inclinación que presentan, lo que provoca que se amontonen unas junto a otras, y si no fuera por la diferencia de color de las paredes y por las alturas disímiles de los techos, no se sabría dónde empieza una y termina la de al lado. Una de las mejores perspectivas de estas construcciones se obtiene en la Place du Champ-Jacquet, una pequeña plaza triangular enmarcada por estas casas, bares y restaurantes. Una sugerencia: tómese unos minutos aquí para probar la sidra bretona. ¡Riquísima! La próxima parada es Le Thabor, el parque más importante de la ciudad y uno de los más lindos de Francia. En sus diez hectáreas se distribuye una inmensa colección de especies de árboles, con ejemplares centenarios que explicitan el paso del tiempo en sus troncos retorcidos, de formas únicas. La disposición paisajística, diseñada por los célebres artistas Bühler del siglo XIX, logra cautivar e invita a realizar diversos circuitos. En cada estación del año adquieren protagonismo distintos tipos de arbustos y flores de colores fascinantes.

Delicias bretonas

La gastronomía es exquisita y si el viajero se queda sólo un día en la ciudad seguramente tendrá problemas para decidir qué comer y qué dejar para otro viaje. La gula, en este caso, lleva a extender la estadía un tiempito más. ¡Y bien vale la pena! Como en toda la región de Bretaña, los frutos de mar son una de las especialidades de Rennes. Hay un sinfín de propuestas en los menúes de los restaurantes y, dependiendo del plato que se elija, los precios suelen ser apenas más altos que los de cualquier hamburguesería. Las porciones son abundantes, lo que significa que la sonrisa del comensal perdurará más tiempo. Antes de partir de la ciudad hay que asegurarse de comer un plato de mejillones. Dos imperdibles: a la marinara (con vino blanco, ajo, perejil y cebolla) y al curry. Pero si lo que se busca es probar uno de los platos más delicados de la comida bretona -¿y por qué no de toda Francia?- entonces las palabras justas son: "Je voudrais lapin au cidre, s'il vous plait" (quisiera conejo a la sidra, por favor). Y entonces aparece un plato muy sabroso, con cuadraditos de conejo, champiñón, echalotte, un toque de mostaza y un suave sabor a sidra. ¡Exquisito!

Fuente: Diario Clarín
www.clarin.com
Imagen: www.wikipedia.org

 

 

 

 

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